Fabiola Maqueda

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  • PALABRA DE PASTOR (T)

    T

    Encerrada en el secadero, Mariluz manipulaba la maleta de Amelia alternando ganzúa y alzaprima para hacer saltar los herrajes de modo que aquélla le revelara cuanto antes su secreto contenido; intentó ser cuidadosa y no deformar el metal con las muescas del palanqueo, pero el nerviosismo le impedía actuar como un experto desvalijador. Sentía algún remordimiento por haber quebrantado los deseos de su padre, pero en ese trance había resuelto porfiarle antes que atender las reiteradas solicitudes de que se mantuviese alejada del apetecido bien, pues éste sólo pertenecía a la muerta.
    Trasteó, la remolcó y pateó hasta que al fin uno de los cerrojos cedió, yendo a caer en la colodra del ordeño; aquello no le bastaba, ni siquiera podría husmear en su interior con comodidad, y como el expolio era ya irremediable optó por desbaratarla a golpes (Mariluz se empleó entonces contra el bulto con la misma inquina con que, unas horas antes, había tramado maltratar a la Pina). Los tres herrajes bailaban sobre el cuero cuando el fondo de la maleta comenzó a rajarse. Mariluz permaneció quieta, asustada, hasta que el sudor se le enfrió y pudo asimilar las consecuencias de su avariciosa obra, de cuyo proceder no podría excusarse ante Paulino; desde luego tendría que pensar en cómo decírselo, pero eso sería después del baile. El corazón volvía a palpitarle con brío, recobraba el aliento necesario para enfrentarse al codicioso caudal, tiró de los cierres con fuerza y apoyando la maleta sobre su pie la giró, aventando un firmamento de diminutas margaritas que parecían esfumarse de un vestido raído y que la hicieron estornudar. Sobre el suelo del secadero se esparció un polvo dorado. Mariluz sintió deseos de llorar, tal era su desengaño, no podía creer en lo inevitable: ni una diadema de filigrana, ni tampoco un vistoso collar de cuentas de colores entre aquel tejido apolillado, sino pétalos como alas de libélula que apenas prenderían en sus cabellos crespos. Iba a desistir de la rebusca cuando apresó un objeto frio que le arañó la palma de la mano: un racimo de perlas, coronado por brillantes, resplandecía sobre la áurea montura como gotas de rocío al alborear. Colocó esa sortija sobre la repisa de los botes de tintura y vació la maleta para escrutar minuciosamente los despojos. Amelia debía de haber caminado descalza hasta el Cerrillo, pues no hallaba ese par de zapatos de tacón de aguja que tanto había ambicionado; revolvió en los bolsillos de un abrigo de pordiosera, pero acabó apartándolo con fastidio.
    Envuelto en un lienzo cerúleo festoneado con motivos geométricos, cual ornamento sagrado, se resguardaba el retrato en sepia de un mozón, cuyo rostro impreciso a causa de las dobladuras dejaba entrever unos ojos lúbricos que Mariluz quiso iluminar con destellos de añil. Instinivamente lo estrechó contra su pecho y comenzó a bailar abrazado a él despacito, con los ojos entrecerrados, como si aquel extraño se hubiese vivificado y se apoderase de su voluntad guiando sus pasos al son del pasodoble: un, dos, tres hacia delante, un dos tres y vuelta; se lastimó el hombro al chocar contra el garrote y dejó escapar a su revelado amante, que se precipió contra el suelo estrellándose.
    El Morueco, que rondaba lo cincuenta, no había menguado un centímetro desde que hacía quince años Amelia le cosiera en el corbatín de Demonio Mayor un corazón de fuego con su letra inicial bordada en hilo plateado, rindiéndole así el doble homenaje por haberla salvado de la virginidad y también por estar bajo su protección como la favorita entre sus hijas. El administrador de La Dehesa había puesto a su disposición los servicios de una saludadora de su confianza, la Patro, para que le hiciera las preceptivas refriegas con hierbas de ruda y manzanilla amarga, que le purificarían la flor antes y después de coger; pero un buen día la Amelia desistió de aquellos engorrosos cuidados, quebrantando la promesa que le había hecho a su amante cuando se enredaron.
    Los amoríos con Amelia le tuvieron apartado de la furia de sus antaño frecuentes correrías pacificando su espíritu de conquista, pero cuando la maurica se descuidó quedándose preñada, el Morueco le cerró el paso de la finca para siempre. Se lo había advertido: ¡niña! que no quiero más cargas de las que tengo ya en mi casa, que la Dehesa no es un hijadero. No podía comportarse con ella de un modo distinto al que solía, ni violentar unos principios que le habían dado fama de bucardo hembreador en toda la comarca, sin embargo añoraba a su muñequita de ojos azules más que a ninguna otra sobre aquella pedregosa tierra. Cuando la había dejado a su ser, abandonada no quiso que nadie le hablara de Amelia, ni de su hijo (si es que llegaba a tenerlo) pero si el Morueco hubiese sabido a tiempo que su maurica iba a marcharse con el Paulino -un hombre insignificante y huraño- la habría retenido junto a él obligándola a abortar por el bien de los dos ¿Para qué querrían aquella novicia y él, su único dios, al varón que les nacería?
    Como cada año, en el preludio de la fiesta grande, el Morueco remiraba con un aire de tristeza aquel corbatín -la dote que ennoblecía su disfraz y que ninguna mujer había manoseado jamás- y al hacerlo se le encogía el corazón, pues a pesar del imponente aspecto que le devolvía el espejo alargado del ropero se estaba haciendo viejo; con el alzacuellos atiesado acariciaba aquel corazón en llamas que ella le había entregado y suspiraba hondo, con nostalgia, hasta que la boca se le arrugaba afeando sus facciones bizarras. Cuando supo por la Patro que Amelia había desaparecido en los contornos del Cerrillo dejándole un hijo al desabrido pastor esperó ansioso a que fuera a buscar su perdón: todas las tardes durante varias semanas había visitado la cabaña que había albergado sus desafueros, seguro de que ella acudiría a refugiarse allí; cada vez había empujado la puerta con la esperanza de que su niña le abrazaría consolando su soledad, pero había sido en vano. Cuando la espera se le hizo insufrible, el Morueco prendió fuego a la cachapera y comenzó a cabalgar en círculos por la finca sembrándola de violetas de Sierra Albí mientras la llamaba a gritos. Las florecillas se las tragaba la tierra de la que brotaban pedruscos que golpeaban los cascos del bridón en su enloquecido galope. Tantas piedras germinaron que al apilarlas se había levantado una muralla alrededor de la Dehesa. El Morueco, febril, juraba como un cabrón enloquecido contra los frutos de su reino subterráneo porque el vallado le separaba de Amelia y mandaba una cuadrilla tras otra para que los retiraran con remolques y los amontonaran en los lindes de la finca.
    Los frios le agarraron el pecho y cayó enfermo: deliraba y decía que sus hombres le engañaban, pues con aquel aluvión de piedras le habían construido un panteón bajo el que habían enterrado para siempre el aliento de su única pasión. Las mujeres mandaron llamar a la saludadora, que se encerró con él día y noche cociendo aspérula y cardo lechero aromatizados con albahaca, porque el amo tenía vértigos y perdía el equilibrio con sólo saltar de la cama y porque la melancolía le tenía insomne; para combatir la bronquitis y el asma: hojas mascadas de adormidera y dos tazas diarias de árnica, que la Patro llamaba la quinquina de los pobres.
    Al séptimo día, el Morueco resucitó.
     

    PALABRA DE PASTOR (A)

    A

    Paulino se dispuso a amajar. Había eligido el terreno que debía abonar y comenzó a señalar sus límites con unos pedruscos que guardaba para ese menester; soltó unos fardos de donde sobresalían puntas de las estacas afiladas por uno de sus lados; desenrrolló la red y la tendió. Las mallas de tomizas de esparto, de doble hebra y trenzadas, sobrepasaban el metro de altura; en sus extremos colgaban sendas estacas bien sujetas a las cuerdas. A cada dos o tres centímetros de distancia aseguraba el tendido con otro palo vertical para que la red se mantuviera pareja. El pastor asió la macheta y el puntero y comenzó a hacer agujeros en el suelo, al lado de las afiladas estacas, y después las clavó con todas sus fuerzas; de las dos, una fija y la otra móvil para dejar libre acceso al ganado. La red no se movería de allí hasta pasados dos días, si el tiempo se mantenía seco, y de nuevo desplazaría la red unos metros más allá del sitio para ensanchar el círculo de tierra abonada.
    Un fuego de ramas y troncos de álamo ardía en la chimenea de la casa disipando el humo plateado y proyectando sus cálidos reflejos sobre las trenzas de Mariluz, que preparaba sopas de leche muy azucaradas para reponerse del viaje. Esa noche Paulino deseaba contentarla con el relato de antiguas historias de cuando era un motril y los heroicos rabadanes embarcaban al redil para cruzar los puertos de la montaña albijarreña, a dos mil metros de altura, logrando su hazaña sin que la nieve ni el abismo arrebatara una sola res a la gran manada que conducían. Le hablaría de la nutria, la hija de Cronos, que asoma su hocico a la salida del Sol y desaparece cuando el astro se desvanece por la ladera más occidental de Sierra Albí, y del halcón peregrino, el águila perdicera y el temible buitre leonado que advierte a la chicada que, uno a uno, serán pasto de su paciencia mortal.
    Pero Mariluz se sentía inquieta y aún barruntaba las razones del terco empecinamiento que había demostrado el padre en apagar los ecos de las enigmáticas palabras de la vieja. ¿Era o no hija de Amelia? Tanto si su padre se avenía a contárselo como si se empeñaba en silenciar el nombre de su verdadera madre, ella lo averigüaría por su cuenta.
    Una gota de leche se había congelado en la boquera que desbordaba la comisura derecha de los labios de Paulino y Mariluz se le echó encima para limpiársela de un lametón. Necesitaba jugar y olvidarse de rencor que había sentido hacia el padre para que no se le enquistara en el corazón. Mariluz entraba en esa edad en la que una verdad a medias equivale a una traición, pero si por obra del diablo la sagacidad de la adolescente verificara una mera deslealtad, entonces no habría piedad para el mentiroso, sino reproches inmisericordes y amargura.
    La zagala no quería oír más cuentos ese día, en cambio pidió a Paulino que se tumbara para que ella pudiera hacerse culebra. Mariluz enracimó aquellos fuertes brazos por detrás de la espalda para que el padre no pudiera moverse: él era un tronco derribado sobre la cama y ella un bello reptil que recorría el paralizado cuerpo y se arrastraba sinuosamente sobre su piel curtida como corteza de alberquín. Con sus ágiles piernas le gustaba remontar los obstáculos con los que se iban tropezando y notar cómo se engordaba aquella verga de carnero, al rozarse insistentemente contra ella. Cuando caía al suelo de rodillas ante su padre, Mariluz estallaba en aplausos.
    -He ganado- le chillaba.
    Y Paulino sonreía dejándose llevar por el placentero contacto de sus menudos y prometedores pezones.
    Sin embargo a veces se retraía sacudido por un sentimiento de vergüenza al recordar contra su voluntad retahílas de cuando era un mozo de catorce años, la edad que casi tenía Mariluz, textos aprendidos de memoria por su madre que recitaba iluminada por las lenguas de fuego en los descampaos del Valle de Malacena, mientras el rebaño, recogido, asentía beeeee, que en su idioma significa amén, temeroso del juicio del dios de los pastores:
    Ninguno de vosotros se acercará a una mujer de su propia familia para tener relaciones sexuales con ella –hilaba- guardad esta ley o seréis vomitados por la tierra.
    Entonces, el párrafo del Levítico se le clavaba en el corazón debilitando su fe en la persona y la justa recompensa que estaba a punto de alcanzar, pues la niña granaba haciéndose diligente en el juego de las prendas.
     

     
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