Marina Romero Naranjo
Licenciada en periodismo por la Universidad de Malaga, ha conseguido diversos premios literarios nacionales. Actualmente está estudiando Filología Hispánica. Su buen h acer desde hace años en el mundo de la escritura novel, nos presenta estas obras.

OTROS ESCRITORES
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  • Consol Torrente
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  • Edrapecor
    (Edgar Ramón Pérez Cordero)
  • Ermantis
  • Fabiola Maqueda
  • Felipe
  • Gustavo Fabian Saldaña
  • Hugo Aqueveque
  • Javier Campos Vidal
  • Jonathan Gonzalez Villena
  • Jose María
  • Josep Esteve Rico Sogorb
  • Juan Merchan
  • Luis Tamargo
  • Marina Romero Naranjo
  • Miguel Angel Sánchez Valderrama
  • Rosendo Pérez Martínez
  • Ruben Gracia
  • Virginia Llera Rivera
  • Detrás

    Era viernes, un viernes normal, de los corrientuchos, de los que gastas en salir a tomar algo con la pandilla. Me hubiese gustado decir que era un viernes lluvioso y sombrío de otoño (habría quedado mejor), pero no. Hacía calor, aunque todavía no había entrado el verano, y la humedad del mar se hacía tan pegajosa, que convertía al sudor en mi peor enemigo para ligar.
    La noche no tuvo nada de original: fuimos a un par de bares, los de siempre, vi a alguna gente de la facultad, a mis primas y poco más, vamos, los de siempre, con el mismo ciego de siempre y el mismo aburrimiento de siempre. A las cuatro y pico, me despedí no muy eufórico, para irme a casa y tuve que aguantar algunas reprimendas. La verdad, estaba hasta los cojones de esa monotonía, así que me iba a casa, y santas pascuas.
    Tomé la calle paralela al último bar donde habíamos estado y giré a la izquierda, cogiendo un atajo. Iba a meterme en el callejón en el que tenía aparcado el vespino, cuando me fijé en aquellas piernas. ¡Dios santo, qué pedazo de piernas! Sin poder controlarme, dejé mi rumbo y seguí los pasos de aquel culo que me decía “sígueme”. Calculé la distancia necesaria para tener una visión general del bombón ése y la espié.
    Era alta, de constitución estrecha, pero culona, así que prometía tener buenas tetas. El pelo le caía abundantemente por la espalda, y también por los hombros, hacia delante. Era rizado, y muy negro, yo diría que casi azul. Aquellas largas piernas y aquel maravilloso trasero se ceñían en un pantalón de cuero gris oscuro que daba miedo. Tenía una chaqueta del mismo tejido echada por los hombros y yo intuí que caminaba con los brazos cruzados, un poco incómoda, ¿no?. Y por eso pensé que la humedad le estaría dando frío. ¡Ay! Yo me ofrecía para calentarla, le frotaría sus bracitos, le cogería las manos y haría “ahh, ahh”, con el aliento, digo.
    Sus pasos se oían porque pisaba fuerte, decidida, haciéndose notar con sus enormes zapatos de plataforma negros. Así me gustaban a mí las mujeres, coquetas, presumidas, las que dicen “aquí estoy yo, miradme, y que os den por culo”. Esas son las más inalcanzables, las más frías, las más arrolladoras. Continué mi inspección trasera y, por un momento tuve miedo de que, al darse la vuelta, me llevara un susto de muerte. Claro, cabía la posibilidad de que fuera una feorra de película, un callo… un callo con muy buen cuerpo, así que opté por no hacerme ilusiones. De pronto, se paró a comprar un paquete de tabaco en un quiosco que estaba abierto a esas horas e intenté verla. Yo hice como si me estuviera atando los cordones, no muy lejos de ella, y, justo cuando iba a volverse, la miré discretamente. ¡Mierda! Un grupo de gente se puso en medio. Encima tropecé con mi mismo cordón e hice un poco el imbécil. Bueno, ella no me había visto, que era lo que me importaba. La bomboncito aceleró la marcha y temí por un momento que se me perdiera definitivamente. ¿Cómo podría vivir con la intriga? ¡Tenía que verle la cara, tenía que verle las tetas! Me puse hasta nervioso y el corazón empezó a latirme más fuerte… estaba como poseído. Sin duda era la tía de mis sueños, de mi vida, de mi casa en la playa, de mis niños rubitos y vestidos iguales… era ella, seguro. Eché a correr desesperado. Me daba igual, la adelantaría, me pararía en seco frente a ella y la observaría por fin. Y eso hice… el cordón seguía suelto, casi me atropella una moto, pasé de Roberto, mi vecino, que estaba de portero en un bar, pero yo seguía andando, medio corriendo, más rápido que nadie, más rápido que el resto del mundo. La tía continuaba con su paso firme, con su taconeo, moviendo su mágico culo y fumando, esperando al hombre que quería, a mí, por supuesto. Y la alcancé. ¡Sí! Ya estaba a su altura, y, sin penármelo dos veces, vamos, ni una, me interpuse en su camino con cara de gilipollas. Y más cara de gilipollas se me quedó cuando la vi: era negra. Tenía gracia, la bombón, era negra. Debo admitir que me llevé un chasco, una especie de desilusión, no, desilusión no, más bien sorpresa. Los esquemas que tenía en la cabeza me habían jugado una mala pasada. Pero no me había equivocado del todo. Tenía una cara preciosa. La tía se apartó el pelo del cuello en plan sensual, como si le diera calor, me miró indiferente y prosiguió su marcha. La miré por detrás hasta que la esquina la apartó de mi vista.
    ¿Y por qué no seguí con mi persecución? ¿Por qué no me fijé en sus tetas? ¿Por qué se fue de pronto toda la magia que me impulsaba a seguirla? La verdad es que todavía me lo pregunto. ¿Imbécil? Sin duda. ¿Desilusionado? Tal vez. ¿Racista? Espero que no.
    Lo único que sé es que, a partir de entonces, cada vez que miro a una tía por detrás, inevitablemente me imagino que es negra.
     

    Escribir en azul

    “Aquella escalera no conducía a ninguna parte. Diego lo sabía, pero no dejaba de preguntárselo, a pesar de que su madre se lo había explicado miles de veces…”
    “Se quedó dormida en poco tiempo, lo cual explicaba asimismo su pronto despertar”.
    No tenía la menor idea de lo que estaba escribiendo, pero ella escribía y escribía sin poder contenerse, como una moto en marcha y sin frenos, como una tormenta que se desata inevitablemente, sin contar con nadie, sin oír las súplicas de aquel que está en el mitad del bosque en ese momento. La inspiración, de nuevo, volvía a ser dueña de sus actos. Una frase llegaba y ella no tenía más remedio que sucumbir al milagro de escribir. Escribía y escribía sin parar, con letras cada vez más cansadas, de formas cada vez más espeluznantes, palabras que eran más que nunca esqueletos de ideas y pensamientos, garabatos de la imaginación. El bolígrafo azul se deslizaba sobre el folio blanco dejando allí abandonados unos cuantos signos que habían sido condenaos a significar algo, signos que un demonio también azul le iba descifrando al oído, como un cruel y a la vez bendito interpretador de sueños, de alfabetos y de fantasías. Esa voz le era ajena, venía de fuera, pero se hacía suya en el instante en que decidía alojarse dentro de su alma. Las letras primero, después las palabras, más tarde frases, eran expulsadas casi con rabia a través de aquellos dedos de uñas carcomidas. Ella se comía las uñas, ella se devoraba los dedos y a menudo sentía en ellos las pulsaciones del corazón, sobre todo cuando escribía. Le dolían los dedos al sujetar el bolígrafo, sobre todo el índice, incluso más que el pulgar, dos esclavos trabajando en el blanco campo de papel vacío que pronto había de llenarse. Prisioneros de una voz embrujadora que daba las órdenes. Pero ni ella ni sus dedos se asustaban ante el folio en blanco, eso no. Si algo hacían bien desde luego era dar la cara ante el abismo que se abre bajo los pies de los escritores temerosos. Ella no creía eso… ella estaba segura de que lo más complicado de ese oficio de dioses no era enfrentarse al comienzo de la historia, como tampoco lo era colocar los adjetivos en su sitio o dibujar el rostro y el espíritu de sus personajes. No eran precisamente las obsesivas reflexiones sobre el relato lo que le preocupaba. Ella no flaqueaba ante las constantes preguntas que llovían sobre su cabeza empapándole las historias: ¿cómo seguir? ¿Será rubia mi protagonista? ¿Cómo ha de ser su carácter? ¿Y su muerte? ¿Cómo la mato o cómo la salvo? Todas estas incógnitas se resolvían prácticamente solas gracias al susurro de aquel demonio azul. Por eso no le suponían conflicto alguno, como venían, se iban. Ni siquiera tener que retocar, corregir, retroceder, verbos más que temibles para muchos otros. De repente, una fecha mal colocada hacía que veinte folios se desencajasen unos de otros o el importuno nacimiento de otra idea que se infiltraba en la historia tal y como el diablillo se colaba en lo gris de su mente, la obligaba a dar marcha atrás. Aunque sin tener el más mínimo problema, el bolígrafo azul, y no ella, era capaz de responder por sí sólo y levantar de nuevo una torre de palpitantes palabras. El bolígrafo dejaba arrastrar su torrente de agua sobre la llanura de la hoja, y decidía, imponía y reajustaba todo, un todo que volvía a la normalidad con la llegada oportuna de unas oportunas palabras. Así, ella tampoco temía por el desenlace de su historia, porque al igual que aquel comienzo fortuito, el final llegaba como un rayo, fulminante y puntual… una idea, hasta una frase acabada, venía sin más, sin avisar, y ella escribía y escribía hasta dejar terminado el relato. Punto final.
    Ahora el bolígrafo reposa cansado junto al papel garabateado y las mareas de su tinta se van calmando. Ella relee aquello que ha escrito, aunque no parece suyo, casi le es ajeno, y hasta empieza a echar de menos esa voz azul que de pronto es silencio. No es eco, no es viento, ya no es agua de mar: no va y viene con el oleaje. No está, se ha marchado.
    Esto, y sólo esto, es lo único a lo que ella teme, tan sólo una cosa. Algo absurdo: ni siquiera la sequía de ideas o la abundancia del desierto blanco la habían hecho sucumbir. Pero de pronto, el abismo que pertenece a otros se abre bajo sus pies, y se siente sola, y se siente traicionada, porque el diablo parlanchín la ha abandonado. Es entonces cuando ella por fin es capaz de hablarle a él, y le grita, y le obliga a voces a que sea él el que escuche sólo por una vez: “Dime, ¿es que no piensas volver?”
    Se hace silencio, breves segundos… Ella mira a su alrededor y cierra los ojos. De nuevo, con el bolígrafo azul entre sus dedos de uñas carcomidas, un papel virgen ante sus ojos y una sonrisa en sus labios, oye una voz lejana y siente el goteo del agua remota que va acercándose poco a poco a su oído: es el diablo azul, que vuelve con miles de palabras para narrarle.
     

    El placer dulce

    El cabello de ángel le chorreaba por la barbilla, pero Irene ni siquiera se daba cuenta. Tenía los ojos cerrados. Dio el último bocado a aquel dulce y eligió a su próxima víctima: un merengue. Irene no sabía cómo explicar aquello que le ocurría cuando se llevaba a la boca algún bendito manjar. Era una sensación única, excepcional, que sólo podía suplirse con cualquier otro placer culinario. Irene no devoraba los pasteles, sino que los saboreaba hasta el punto de saber reconocer y distinguir perfectamente los ingredientes de los que constaba. Para ella comer tartas, bollos, chocolates, hojaldres y golosinas era como realizar una asombroso viaje por los diversos rincones del mundo del placer, viaje que dejaba después un grato sabor en la boca.
    En cuanto terminó el merengue, Irene paladeó cuatro onzas de chocolate, seguidas de una torta de almendras y un batido casero de plátano y fresa adornado con una cumbre de nata montada y caramelo líquido. Sin duda Irene había disfrutado de nuevo con su periódico rito de la merienda, pensando únicamente que en la cena volvería a repetirlo pero después de tragarse un buen filete y unas patatas fritas con mayonesa.
    Irene salió a la calle a comprar. Por supuesto tuvo que bajar por las escaleras, ya que su anchura y su peso no le permitían utilizar el viejo ascensor de su edificio. Cruzó la calle y condujo sus pasos hasta el autoservicio de la esquina. Los tres niñatos de catorce años de siempre estaban fumando los cigarros de la tarde, cuando dieron comienzo a su espectáculo.
    - ¡Oye! ¿Habéis oído que un hipopótamo se ha escapado hoy del zoo?
    Risas y más risas. Era lo único que Irene oía entonces. Suspiraba, bajaba la cabeza y ni siquiera cometía la inutilidad de decirles algo, convencida de que los argumentos de los chavales eran más fuertes que los de ella misma. Y es que tenían razón: estaba desmesuradamente gorda.
    Irene llegó a su destino como si las habituales bromas de aquellos chicos fuesen lo más normal del mundo. A veces pensaba en que quizás algún día echara de menos el que las burlas no se sucedieran. Estaba tan habituada a ellas que simplemente las había convertido en un ritual ordinario que marcaba el día a día de su gorda vida.
    Ya en el super, cargó el carrito de la compra del que a penas podía tirar y salió de allí de vuelta a su casa mientras se tomaba un helado de turrón. De repente, al pasar junto al quiosco, lo vio. En la portada de una revista expuesta en una de las vitrinas laterales, se encontraba él, Juan Torres, su primer y último amor. Irene había oído rumores de que aquel hombre estaba triunfando en el arte de la moda, pero no se le podía ocurrir que su fama llegase al punto de hacerle ocupar la portada de una revista. Compró un ejemplar y ya en su casa leyó cómo, en efecto, era un importante modisto y diseñador en el mundo de los patrones, las agujas y los dobladillos. Irene dejó de leer para transportar su pensamiento años atrás, cuando aún era una muchacha delgada, muy femenina y con una cintura de canario y una esbeltez casi inimaginables. Irene vivía con sus padres en un pequeño barrio de las afueras y Juan trabajaba por allí como repartidor de periódicos con el fin de sacarse algún dinerillo para sus estudios.
    Desde hacía tiempo, Juan se había fijado en la chica que lo miraba de un modo extraño y misterioso. La chica era Irene y la mirada no era sino una verdadera mirada de amor.
    Sin conocerse, sin intercambiar palabra, habían consolidado una relación sincera y mágica.
    Un día, en las fiestas que se celebraban en el barrio cada primavera, Juan siguió a su aliada de miradas hasta un callejón donde la asedió guiado por un hambre incontenible de pasión. Allí, contra la pared, los inexpertos amantes cabalgaron por sendas y valles de placer recíproco, galopando cada uno sobre la montura del otro. El amor y la pasión se confundieron en un torrente de suspiros y jadeos que inundaron aquella calle durante horas, tiempo en que no dejaron de ser una misma persona, unidos por el sentimiento y por los miembros del amor. Así empezó una entrañable relación en la que ningún acto de pasión era igualable al de aquella noche de primavera. Los días transcurrieron y su filiación se fue convirtiendo más que en una amistad, en un ansia por superar la noche tormentosa de la primera entrega. Después de hacer el amor, los amantes quedaban decepcionados, en vez de extasiados. La búsqueda de la saciedad había devorado todo el verdadero amor de una pareja joven, alejada de los juegos del amor, de las conversaciones, de los descubrimientos del mundo. Todo aquello era una pasional relación de adultos encerrada en dos cuerpos de dieciséis y diecisiete años. Después de mucho pelear y de mucho añorar, Irene encontró la solución que pondría fin a su cansancio compartido. Una noche, mientras intentaban revivir su lujuria, a Irene se le ocurrió rociar el cuerpo de su amante con chocolate líquido. El descubrimiento de aquel pasatiempo erótico los condujo al fin hasta la anhelada resurrección del ardor extinguido y así lograron amarse de nuevo. Pasado un tiempo compartiendo tales artimañas carnales, Irene y Juan se dejaron atrapar por las garras de la monotonía y de repente descubrieron que no se amaban realmente, sino que desde la primera noche de primavera habían estado apagando en el otro el fuego que los atormentaba. Comprendieron la enorme magnitud de su precoz ninfomanía y decidieron, de mutuo acuerdo, mantener en el recuerdo las pasiones y las entregas compartidas, para abandonar al olvido la idea de haber pensado alguna vez que aquello había sido amor verdadero. Se dijeron adiós haciendo el amor por última vez, en la que corroboraron finalmente sus sentimientos.
    Cada uno volvió a hacer su vida. Juan pidió que le cambiaran su sector de reparto, para no tener que forzar situaciones incómodas e inútiles, y se dedicó a elaborarse un futuro. Irene continuó con sus estudios, optó por la carrera de Ingeniería Informática, pero se negó a abandonar un único hábito que sí había sobrevivido a la catástrofe de su primera y quizás última relación: el gusto por los dulces.
    Irene pensó en cómo habría sido su vida si aquel muchacho hubiese seguido colmándola de placer, en cómo sería su vida si continuara siendo una mujer hermosa y delgada. Entonces imaginó a Juan tomándole las medidas con un metro, sin tener que utilizar dos, como ella solía hacer; se imaginó a sí misma besándole desnuda mientras él dibujaba en su mente un vestido ceñido para su bella amante; se imaginó usando un “wonderbra” de esos que convirtiera su pecho de vaca en una cordillera de placer; se imaginó probándose un camisón de raso, sutil y tentador, el mismo que Juan le hiciera deslizar hasta los tobillos con sólo morderle las tirantas, y así descubrir la belleza de un cuerpo de mujer con ropa interior de color negro, para hacerle después el amor en una noche codiciosa. Pero Irene volvió a la realidad de su vida, una vida gorda, pero feliz, muy feliz y abandonó la horrible idea de acabar muerta en una caja de alfiler como ataúd, con una faja que le oprimiera el estómago hasta en el mismo tránsito a la ascensión celestial, dolorida por los zapatos de tacón empleados en toda una vida de dietas, modas y porras fritas y solamente así, afirmando que prefería usar tallas especiales, que le parecía gracioso no poder comprobar que se había puesto los zapatos del mismo par, que le daba igual que los niños la utilizaran como animal de circo y que se había ahorrado el problema de utilizar estúpidos biquinis, se dio cuenta de que en realidad se sentía bien consigo misma, de que nada podía suplir el placer de comer más que el propio alimento, de que deseaba por encima de todo vivir su vida de ese modo, y de que incluso le divertía que, cuando muriera, tuvieran que encargar sus familiares una lápida de quinientos metros cuadrados, o que tuvieran que utilizar una excavadora para abrir su hoyo, o que tuvieran que incinerar su cuerpo a cachitos. Todo eso daba igual mientras aprovechase cada día de su vida para ser normal, para ser feliz.
    Así que, al regresar al verdadero mundo en donde vivía, Irene fue a la cocina, tiró la revista de su ya olvidado Juan Torres a la basura, y acto seguido se zampó un estupendo y colosal trozo de bizcocho. Se lamió los labios y después eructó.
     

     
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