Virginia Llera Rivera
Virginia Llera Rivera (1980), nacida en Madrid, actualmente estudiando Comunicación Audiovisual.
Sus escritos, con una gran carga emocional, pueden englobarse tanto en el campo de la literatura adolescente como adulta, ya que su estilo limpio y lenguaje sencillo en la narración llega a todos.
Ha ganado numerosos premios a nivel comunitario y nacional con sus cuentos y relatos, dos de ellos son los que a continuación les presentamos.

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  • Virginia Llera Rivera
  • Relato de un Vienés

    Eran sus manos las que me daban seguridad. Las líneas del destino claramente hundidas sobre su mano le predestinaban a ser famoso. Pasaba horas sobre el piano componiendo bellas piezas para su amada mientras yo le observaba desde un recodo de la habitación para no ser descubierto y aniquilado.
    Hacía años que me había trasladado con mi familia y residía en un bello ático en la ciudad, sería 1789 más o menos. Mi nombre es Gregorio, sé que no es típico vienés, pero tiene su historia. Volvamos ahora con mi amigo.
    Recuerdo que una joven mañana de mayo estaba recorriendo la salita de música cuando entró este buen hombre. Vestido cual aristócrata, entró con sus bártulos y se aposentó como si nada. Todas las noches me deleitaba con sus bellas improvisaciones pianísticas que por lo visto le habían hecho tan famoso por estos barrios austríacos. Se acostaba tarde y amanecía con el alba. Traía con frecuencia un grupo de amigos a tocar; bellos cuartetos de cuerda deleitaban mis oídos como nunca lo había hecho pieza alguna de música.
    Sería hacia el año 1796 cuando el maestro comenzó a salir más a menudo de la ciudad, y a residir, si mal no oí en su momento, en Heiligenstadt, sobretodo durante el periodo estival, aunque siempre volvía a Viena para componer. Yo solía recostarme sobre el marco de la ventana al sol mientras veía el ir y venir de los carruajes, esperando que de alguno de ellos saliera el maestro. Fueron días tristes hasta su regreso, aunque a su llegada algo había cambiado; el maestro estaba enfermo: no podía oír. Ni los cascos de los caballos sobre el asfalto, ni la lluvia golpear sobre la ventana, ni los saludos de las gentes al pasar y, lo que era más duro de aceptar: ninguna de sus composiciones.
    A partir de entonces el maestro comenzó a escribir cartas, pero no de amor; y a componer, pero sin tocar las teclas de su piano; y a beber, mucho, para olvidar que no podría volver a escuchar ninguna de sus nueve sinfonías. Tampoco volvió a tocar para su público después de 1814. Yo tuve la suerte de convivir con él y así, pude apreciar todo lo bueno de su obra; hasta que una mañana lluviosa me acerqué sigilosamente a su lecho y comprobé que su pecho no se hinchaba y que sus párpados estaban completamente cerrados. Me quedé sentado sobre su almohada mirándolo, recorriendo cada facción de su rostro, las manos virtuosas, el pelo cano y la vaga expresión de tristeza que lo caracterizaba. Pocas horas más tarde lo descubrieron sobre su lecho de muerte. Un veintiséis de marzo de 1827, vi desde la ventana cómo lo sacaron y se lo llevaron en un carruaje, lejos, lejos de su hogar vienés. La gloria de mi maestro no desaparecía con su último suspiro, sino que crecía con el tiempo, como dicen los escritos.
    El ático quedó deshabitado a los pocos días. Lo más triste fue no volver a escuchar el piano que sonaba tan bien en las noches de invierno, noches solitarias que inspiraban a la composición. En las que sentíamos las notas fluir a nuestro alrededor, mientras él las plasmaba sobre el papel, a toda velocidad, antes de que se escapasen de su mente creadora. A veces, meditabundo, me recostaba sobre el marco de la ventana y me imaginaba al maestro sobre el piano, con los ojos cerrados, tocando sus bellas piezas, cuando aún poseía un buen oído. Deslizando sus dedos sobre las teclas, hacia arriba y hacia abajo con una suavidad tal, que parecían de porcelana. Y sentir que yo era el único que había presenciado cada uno de sus conciertos me hacía sentir privilegiado, porque nadie conocía mejor que yo sus piezas inacabadas y sus inspiraciones repentinas. Desdichado de mí por no haber podido establecer una conversación para decirle cuán grande me parecía y cuánto le admiraba. Pasarían unos cuantos años más hasta que habitase el ático alguien interesante cuya historia fuese digna de ser contada.
    Yo era ya un insecto maduro cuando vino a habitar el ático un personaje muy curioso hacia el año 1873. Suelo recordar las fechas porque las gentes a veces las gritaban en la calle y porque tengo una gran memoria, la verdad sea dicha. Siguiendo con mi relato, se instaló un joven con su familia mientras estudiaba Medicina en la Universidad de Viena. Siendo como era yo de culto e interesado en todo lo referente a sabiduría, me deslizaba entre los viejos muebles por la noche para aprovechar la última llama que quedaba en las velas para leer, a ser posible, lo que el estudioso intentaba investigar: los distintos diagramas del cuerpo humano que eran prácticamente indescifrables por mi persona. Marchó después, durante una cuantas semanas a la ciudad de la revolución, que era París, donde se suponía iba a ampliar su conocimiento. Olvidado en su habitación, me pasaba las horas muertas mirándome en el espejo intentando imaginarme cómo serían dentro de mí todos esos canales que él estudiaba, cómo funcionaba mi enclenque cuerpo para que mis ocho patas se movieran al ritmo que yo deseaba, y otras muchas dudas que me asaltaban en momentos de soledad. Ahora comprendía muy bien porqué se decía que Viena era una ciudad de cultura: apuesto a que ningún ejemplar de mi especie sabía tanto de música y medicina como yo fuera de Viena, aunque como todo en esta vida, había sido pura suerte, el que yo residiese en el ático en el que habían venido a vivir semejantes personajes.
    El cambio del estudiante a su vuelta fue notable. Supe que había abandonado ya el estudio para ganarse la vida trabajando. Así, podría aplicar sus conocimientos y ayudar a los demás. A su regreso a Viena trajo consigo un inmenso sofá de color verde, aunque sin respaldo, y un montón de libros y folletos que cada noche leería e intentaría memorizar. No tardaron en aparecer en el ático unos personajes realmente esperpénticos y, a veces, muy graciosos. Solían reclinarse sobre el sofá y se dedicaban a hablar, hablar y hablar durante horas. Empezaban a contar sus problemas y según lo que dijeran, el médico hacía una interpretación de los mismos. Algunos de ellos soñaban cosas muy raras, entonces él les decía que se relajasen bien sobre el sofá y que le mirasen fijamente. Les Explicaba que les iba a dormir para que le contasen cosas que despiertos no hacían. Una vez tuve la brillante idea de situarme detrás del paciente y observar al médico para comprobar si todo lo que les contaba era verdad o una sarta de mentiras. Pues bien, nos durmió de tal manera que yo creo que estuve una semana entera recitando mis sueños al aire sin que nadie me escuchase. El paciente había despertado con éxito, pero yo había caído en un sueño tal (hipnosis lo llamaba el doctor) que hasta que no llegó otro paciente, no volví a despertar. Puede parecer algo gracioso al principio, pero fue muy angustioso en verdad. Me planteé si en la muerte me sentiría igual y que, tal vez, pensando que estaba dormido, había muerto. Con el despertar del sueño volví a vivir. Ahora podía admitir que el tratamiento del doctor era efectivo y que estaba ayudando a muchas personas a resolver sus problemas. La sensación que tuve al despertar fue de comenzar una nueva vida, aunque mi caparazón oxidado sabía que no era así, y que los años iban pasando.
    Solía darse cita el doctor con otros especialistas en la sala para discutir sobre el método que estaba empleando a sus pacientes. Los fieles le defendían a capa y espada, mientras que sus detractores le clasificaban de poco ortodoxo, suerte para ellos que yo no estuviese armado en el momento para defenderle. Este asalto lo ganaría el enemigo, pero ya llegaría la venganza algún día.
    Por suerte o por desgracia, con el estallido de la guerra, el doctor quedó sumido en sus estudios y no volvió a examinar a ningún paciente. Se dedicó a temas menos relacionado con la medicina hasta el año en que Viena fue tomada por el enemigo y el doctor tuvo que marchar hacia tierras lejanas sin que yo le volviese a ver nunca más.
    Y así se iban sucediendo unos inquilinos a otros, unos que venían y otros que volvían, y yo aquí, siempre rezagado, observando cómo viven sus vidas las gentes que veo desde la ventana. Pasaría siempre desapercibido para cualquiera que viviese aquí, suficiente que aún no me hubiesen matado a zapatazos por repelente. Después de haber sentido la muerte tan de cerca, me preguntaba si algún día, igual que yo había hecho, cuando me llegase mi hora, alguien escribiría sobre mi vida en este ático de una calle olvidada de Viena.
    Creyendo que moriría solo y abandonado en un hueco de madera, vino mi ángel de la guarda a rescatarme del silencio que venía siendo característico en mi monótona vida.
    Pues bien, ese ángel que me haría inmortal, residiría en el ático poco después que el doctor, aunque su estancia fue muy corta. Llegaría en una tarde lluviosa con su familia a Viena, y alquilaría el ático por poco tiempo, durante el cual dedicaría muchas horas, también, a escribir cartas a una joven alemana a la que pretendió y a la que nunca llegué a conocer. Fallido intento, dejó de lado las letras para trabajar en una compañía de seguros, lo cual no iba mucho con su personalidad, hasta que abandonó porque le atacó la tuberculosis. Estuvo varias semanas en cama sin recibir ninguna visita y solía gozar de un humor de perros que nadie conseguía aguantar, ni siquiera su familia. Yo le veía a veces anotar cosas en un cuaderno pero sin saber muy bien el qué. Cuando estuvo algo mejor y se levantó de la cama, se dedicó por entero a escribir, novela tras novela, aunque sin llegar a estar satisfecho del todo por su trabajo. En alguna ocasión estuvo a punto de arrojar al fuego todos los manuscritos que había compuesto hasta el momento, aunque un amigo tuvo la valentía de persuadirle y salvarlos de la quema. Parecía como si se avergonzase de todo lo que había escrito, como si nada tuviese valor para él. Se consideraba así mismo un fracasado, tanto en las letras como en el amor, como en su relación paternal. Veía su vida como una auténtica pérdida de tiempo, y yo le observaba detenidamente desde un rincón. Me sentía impotente, incapacitado por el cuerpo del que había sido dotado para decirle todo lo que pensaba de él: que su obra era brillante y que no tenía motivos para sentirse desdichado, ya que no sería simplemente feliz si pudiese expresar todo lo que pienso y siento sabiendo que alguien me escucha. De hacerle ver a las gentes la suerte que tenían por haber nacido humanos, siendo capaces de crear música, de escribir cartas de amor, de gozar de una vida que yo jamás seré capaz de apreciar, por muchos más años que yo pueda vivir. Y desde un rincón pensaba yo en todas esas cosas, mientras que el joven escritor se sentía tan desdichado y desafortunado.
    Un día oí gritos en el pasillo. Eran del joven discutiendo con otra persona. Entonces entró en un vuelo en la sala en la que yo estaba y cerró la puerta de golpe. Acto seguido comenzó a buscar algo frenéticamente. Hubo un momento en el que llegó a darme incluso miedo, ya que jamás había visto semejante comportamiento en ninguno de los humanos que había conocido. Estaba furioso. Puso la habitación patas arriba y en uno de los lanzamientos que hizo con las sillas acertó a dar en la cómoda en la que yo estaba observando la acción. El mueble se movió con un gran estruendo, pero no cayó, pero yo perdí el equilibrio y caí de golpe contra el suelo, quedando al descubierto. De pronto vi cómo el frustrado escritor se acercaba, la suela del zapato sobre mi cara, acercándose, quedé paralizado, esperando a que la muerte me llegase, cerré los ojos y recé todas las oraciones que me sabía. De repente oí: ¡Atiza! Y abrí un ojo. El joven estaba de rodillas en el suelo para recogerme y me estaba hablando, pero yo del susto me desmayé, y no recuerdo bien lo que dijo, pero vi que se había puesto muy contento. Desperté sobre su escritorio bajo la luz de las velas. Me miraba fijamente mientras yo despertaba del sopor en el que estaba sumido. Estaba acelerado, escribiendo muy aprisa sin dejar de mirarme, como si nunca hubiese visto a un insecto de mi especie. Cuando yo le miraba veía que él me sonreía, pero claro, no era capaz de apreciar la cara de confusión que yo presentaba. Me rondaron por la cabeza mil y una dudas de por qué aquel individuo no me había aplastado, como hacen las amas de casa histéricas, cuando tuvo la oportunidad, y por qué yo le había causado tal felicidad, así sin más, por serlo que era. Él fue quien me llamó Gregorio. Eso era algo que no me había planteado y me gustó. Al día siguiente me levanté con la salida del sol y me sorprendió ver al escritor sumido en sus papeles escribiendo sin descanso, preguntándome qué sería aquello en lo que estaba concentrado. Cuando dejó la habitación por fin, después de varios días, me acerqué a su escritorio para ver de qué trataba la historia, y pude leer por encima que era el relato de un hombre que se convierte de la noche a la mañana en un insecto como yo y muere abandonado por su familia. ¡Horror! ¿Qué mente había sido capaz de inventar una historia semejante? Con la cantidad de historias tiernas que se pueden relatar sobre mi persona, ¡había tenido que inventar una historia así! Cualquiera diría que era uno de los pacientes del doctor... En fin, que había pasado de ser nada Gregorio, protagonista de esta historia tan angustiosa, precisamente yo, que no valía nada. Y es que es verdad, un escarabajo como yo, no es nada, hasta que se topa con un escritor famoso que le haga inmortal, como me pasó a mí. ¡Vaya suerte la mía!
    Ahora todos mis pensamientos de soledad habían desaparecido, aunque nunca sería capaz de expresarlos a este nuevo compañero de aventuras que había hallado. Ahora tenía alguien con quien compartir los ratos libres sin tener siempre ese miedo a la muerte inesperada, repentina. Alguien que me contaba su vida sin esperar respuesta, alguien que en verdad, se parecía mucho a mí, porque también era un alma solitaria e incomprendida. Juntos emprendimos viajes fabulosos con la imaginación, creamos nuevas historias que contar, aunque no saliesen de las cuatro paredes en las que vivíamos.
    Pero como suele ocurrir, la felicidad un día se acaba, aunque es mejor haberla disfrutado unos instantes, que no haberla sentido nunca. Por suerte, yo la encontré al lado de un escritor para el cual yo era algo más que un escarabajo repulsivo al que nadie hace caso. La muerte se lo había llevado de mi lado, sí, pero no su recuerdo. Así que, por miedo a no encontrar nunca más a alguien como él, que me había dejado saborear la felicidad, decidí que ya era hora de dejar el ático que tantos años me había albergado. Me deslicé entre las tuberías del edificio y caí en un charco. Con la maleta a cuestas empecé mi camino a ninguna parte, bajo las gotas que caían de lluvia, caminando errante por las calles de Viena, contando a cualquiera que se cruzase por mi camino que un día conocí a Beethoven, Freud y Kafka.
     

    La inspiración de Calderón

    Venga Calderón, venga, un poquito más, que ya queda menos... Yo no podía más, es que no me quedaban fuerzas. Cierra, cierra la ventana por lo que más quieras que me estoy helando. ¿Qué?, ¿tienes frío? Anda ven, caliéntate aquí las manos. ¿Qué harías tú sin mí? De no llegar a estar yo aquí, ni sueños ni obra. No deberías quedarte hasta tan tarde, que luego seguro que resulta una birria. A ver, que me asome un poquito... que los sueños, sueños serán... no, lo tachas... sueños son. ¡qué bonito! Si tu madre te viera Calderón lo bien que escribes ahora y todo lo que llorabas de pequeño... ¡Quién lo iba a decir! Bueno, ya sabes que yo estoy aquí para iluminarte. Y todo lo que necesites en tu camino, yo intentaré proporcionártelo; pero ahora descansa, que te espera una semana muy dura.
    No vale la pena ahora pararme a contar cómo Calderón terminó su obra, a la que tituló "La Vida es Sueño". Nunca llegué a leerla entera, aunque me la sabía prácticamente de memoria. De no haber sido por mí, causa de su inspiración, me temo que la obra poco habría triunfado. Muchas noches nos quedamos juntos los dos repasando una y otra vez los sonetos, que a mis oídos daban mil vueltas a tantos y tantos otros poemas que había leído en el estudio de mi amo. Y eran autores, además, conocidos y grandes amigos de mi Calderón. Pero debo admitir que pocos le llegaban a la suela del zapato. Su última obra era la mejor, la que superaba a todas. ¡Bravo, bravo Calderón! Lo que no llego a entender es por qué él no me mencionó cómo colaborador o simplemente no me incluyó en la dedicatoria. Por lo menos tuvo la delicadeza de guardarme un papelito en la obra el día del estreno, aunque fue sólo el día del estreno; pero bueno, un actor siempre comienza con papeles pobres.
    Tengo entendido que la obra fue un éxito, y que ha triunfado allende nuestras fronteras, incluso. Pero Calderón me dejó olvidado en un rincón de su hogar junto con todo aquello que le había inspirado para su obra, y llamó a aquel rincón "mi inspiración para la Vida es Sueño"; cerró la puerta y no volvió a aparecer, jamás le volví a ver. Me mantuve despierto durante unas horas pensativo: y ahora... ¿qué voy a hacer? ¿de qué me vale la pena vivir? Yo, aquí solo, sin mi compañero de aventuras... ¿Quién a partir de ahora ocupará mi puesto? ¿Quién es mi sustituto? ¿Te inspira mejor que yo, Calderón? Mi vida está vacía sin ti, ¿y la tuya?... ¿No me echas ya de menos? ¿No tienes sentimientos?... La amargura me come a pasos agigantados. No me dejes aquí olvidado como si fuera parte del recuerdo, ¡tu y yo somos uña y carne! ¿No te das cuenta Calderón? ¡¿Calderón?! No me olvides, por favor, llévame contigo, compañero, que el éxito nos arrastre a los dos, pero aquí solo no me dejes que ahora desvanezco, no dejes que me coma el polvo. Pero ¡¿Por qué me dejas ahora, justo ahora?! Me abres tus brazos y me cierras la puerta. ¡Átame si quieres! ¿Pretendes que corra tras de tí? Ya sabes que no puedo. Falso amigo. ¿Te crees con dominio para arruinar mi vida? No pretendas que me olvide de tí, ya sabes que no puedo. De la noche a la mañana te has convertido de la aurora que golpea en mi ventana, en el ogro que atormenta mis sueños. No te das cuenta ¿verdad? ¿Es que no te das cuenta que si yo no estoy a tu lado me siento inseguro? Pero a tí eso te da igual. Te llevas tu pluma y tu tinta, a ellas nunca las abandonarás, seguro. Pero, ¿para qué sirve gritar libertad si tú ya te has ido? Si rara vez me escuchas. Anda, corre, vuela, busca fortuna, que te la mereces, yo lloraré por ti aquí, en este rincón.
    Un dulce y a la vez violento sueño me llevó consigo a lo más profundo de lo profundo, incapacitando el poder oír lo que sucedía a mi alrededor y ver aquella habitación en la que Calderón me había olvidado. Mis párpados quedaron pegados como la tinta se adhiere al papel, y no los pude abrir.
    La puerta se abrió de repente, bruscamente. Un hombre de mediana edad, de constitución fuerte, había abierto de una patada la puerta que tantos años había permanecido cerrada. Tras él apareció una figura menuda, encorvada, que medía la mitad que el fortachón que había abierto la puerta, y contaba casi más años que los de Matusalén. Abrí lentamente un ojo para no ser descubierto. El viejo rió, pero el volúmen alcanzado fue ínfimo. Suerte que yo aún conservaba un buen oído. 'Perfecto, perfecto...' dijo el viejo en voz baja, y desapareció. Cuatro hombres cogieron todo lo que conservaba el viejo rincón y nos trsladaron a un teatro (lo se porque vi Teatro de la Comedia desde la cesta que nos transportaba). Aún no comprendo cómo llegamos hasta allí. Habíamos sido llevados por una máquina cuyo funcionamiento no llegaba a entender. Era inmensa y hacía un ruido espantoso. Gracias a un grito de los lacayos que lo conducían logré oir que se trataba de un tal 'camión', cosa extraña que en mi pasado no osaba darse. Aquella enorme ciudad que se abría ante nosotros, ¿sería mi Madrid natal? De todos modos, toda aquella zona me era desconocida. Nos metieron a mí y a mis compañeros en aquel teatro. De pronto, algo me sorprendió sobremanera. De entre elmimbre de la cesta alcancé a ver un gran cartel con letras doradas. Me saltaron las lágrimas, porque allí grabado se leía: "La Vida es Sueño" de Calderón de la Barca. ¡Ay! Podré por última vez ver a mi viejo amigo. ¡No me había abandonado!
    Aquellos hombres me sacaron de la cesta y me dejaron sobre una gran mesa repleta de objetos. Uno de ellos dejó caer sobre mi lado un pliego impreso como los que a veces solía leer Calderón, pero éste era de mayores dimensiones. Estiré un poco el cuello para ver de qué fecha databa: veinti... veintitr... ¡veintitrés! de... de... Dici... ¡Diciembre! ¡vaya! menuda falta de práctica, ¿quién lo diría? y eso que solo han pasado unos meses. Pero, ¡ay! me olvidaba de un detalle. Eso era más fácil, a ver... 1667, no había pasado mucho tiempo, no. Pero, un momento, lo estaba olvidando... ¡estaba al revés! ¡Oh! ¡Dios mío! Era el año 1997. Habían pasado más de tres siglos desde que Calderón me abandonó. Y ahora yo, estaba dejado en la mano del destino. Él estaría más que muerto, y yo, aquí solo. Nunca llegué a pensar que me había abandonado de verdad, pensé que era sólo por unas horas, no por toda una vida. ¿Qué van a hacer conmigo?... ¿Eh?... ¿A dónde me lleváis caballero?... Uno de los lacayos me cogió y me llevó junto al hombre viejo que había visto en casa. 'Sí, perfecto, aquí estará bien, nos va a ser de gran ayuda' Vaya, hacía tiempo que nadie me decía lo mismo. Lo cierto es que me reconfortó el oir que alguien me necesitaba, me volví a sentir útil. De repente otro joven me agarró y me dijo: 'Creo que tenemos un par de escenas juntos... Espero que te sepas bien tu papel...' Rió y se marchó. ¿Mi papel? ¿Qué papel? A saber qué quieres hacer conmigo, desgraciado. El único papel que tuve fue en la obra de mi don Pedro Calderón de la Braca en La Vida es Sueño y nadie me lo quita. Además, no pienso interpretar ningún otro papel que no sea el que Calderón escribió para mí.
    Llegó la noche, y uno de los lacayos me cogió y me llevó hasta el escenario. No pude ver nada porque una gran tela roja aterciopelada tapaba al público. ¿Qué demonios estaba haciendo yo en un sitio como éste, una noche como ésta? ¿Quién había osado despertarme de mi sueño? O quizás, ¿aún estaba yo soñando? ¿Sería esta escena parte de ese sueño embriagador que me llevó cuando Pedro me abandonó? Sería eso lo más probable, pero todo era tan real: las personas, la ciudad, hasta el escenario estaba frío y duro. En fin, era un difícil reto al que debía enfrentarme. Ahora o nunca. Huir es de cobardes. Aceptaría la verdad fuera la que fuera. Sueño o realidad.
    Se abrió el telón y temblé por un instante. esa escena me resultaba familiar. Los personajes desfilaron a mi alrededor. Sí, si, ella, ella, ella era Rosaura, ¡oh! qué bella estaba, y Clarín. Eran los personajes, pero en actores de otra época. Eran nuestros personajes, los que ambos habíamos creado, aquellos que nos dieron tantos quebraderos de cabeza, aquellos versos que salían de sus bocas, aquellos de los que yo era la inspiración, poesía convertida en belleza. Y eran nuestros, los que el público aclamaba. Y yo aún vivía para verlo. Esa noche que ambos nos quedamos trabajando porque no sabíamos bien quién qué podría decir Segismundo en esa situación. Ahora lo veía claro. Yo, también como él, había sufrido el cautiverio. Me había sentido solo. Había estado hablando conmigo mismo para no sentir la soledad en la que Calderón me había dejado. Yo también era Segismundo y comprendí todo lo que estaba diciendo. Ojalá tuviera cuerpo para expresar mi dolor, y boca para decir lo que siento. Pero no podía. Él confundía su vida con un sueño igual que yo momentos antes. Segismundo me agarró mientras recitaba el monólogo que Calderón escribió. De pronto, sentí un pinchazo en el corazón que me nubló la vista ¿había llegado mi hora? Miré hacia el público, lágrimas recorrían los rostros de la gente, emoción se crispaba en sus expresiones, la obra estaba gustando, lo estaban sintiendo igual que yo, aunque poco me quedaba por sentir. Debo admitir que a mí también me saltaron las lágrimas, y mientras sentía aquel punzón en el pecho, comprendí que mi única función en ese momento era iluminar el semblante de aquel actor, iluminarle como jamás lo había hecho nadie, porque estaba recitando alqgo que yo, personalmente, había compartido con un amigo, y era digno de respetar, y yo, me sentí orgulloso de él. Saqué fuerzas desde lo más profundo de mi ser para lucir, para que mi llama siguiera iluminando hasta que acabara la obra. Y lo logré, di mi último suspiro y se corrió el telón. Y mi última llama se consumió, no quedó nada. Yo, que tantas veces me había quedado despierto alumbrando, me consumí.
    Pero no me abandonaron como lo había hecho Calderón después del estreno, me llevaron a una vitrina en la que guardo protagonismo junto a otro grupo de objetos que también participaron en la inspiración de Calderón. Aunque sigo pensando que no hay mejor colaboración que la de un modesto farolillo.
     

     
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