Javier Campos Vidal
Presentamos los escritos que nos ha mandado Javier.

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  • Fiebres

    Se remueve en el camastro, trata de gritar y quiere agarrar una mano amiga. No ve mas que irrealidades, ilusiones provocadas por la fiebre.
    Cree estar a orillas del mar. Tan fuerte es la luz del sol que duele en cualquier lugar que mires. El cielo, el mar, la arena, todo está inundado de luz. Pese a ese sol y esa luz, hace frío. Un frío que traspasa piel y huesos, que se agarra al alma y no la suelta. Un frío que rodea a su victima, la cerca, la roza y finalmente se cuela en su cuerpo para llegar a su espíritu. Un frío que hace llorar. Así, sin mirar por la luz y sin moverse por el frío, está el enfermo sentado a orilla del mar. Deja que el agua le lama los pies. El frío está solo en el aire y en el alma.
    Levanta la vista. Le duele la luz en los ojos y el frío en la cara. Pero levanta pese a todo los ojos. ¿Que es aquello? ¿Que se mueve tan lejos de la costa? ¿Una persona? Seria la única aparte de él. La playa esta vacía, solo arena y agua, luz y frío. Nada mas. Ni un solo ruido que no sea el del mar besando la orilla. Lucha contra el frío y la luz y se levanta. Es una persona peleando contra el mar. Allá, demasiado lejos. No podrá llegar. El mar está quieto, pero no podrá llegar. Sabe que algo lo empujara de nuevo hacia la orilla, si no lo hace hacia las profundidades. Pese a todo se desnuda. Entra corriendo en el agua. Ahora el frío ha pasado también al océano. El propio frío le frena unos segundos. Contra todo, contra la luz, contra el frío, contra su cuerpo y su alma, desaparece bajo la superficie... Unos metros mas y aparece su cabeza. Luego sus brazos moviéndose rítmicamente. Demasiado lejos esta la persona. ¿Llegara? Sabe que no. Helados tienes los huesos y los músculos, congelado el espíritu. ¿Por que sigue, pues, nadando? Tanto mas fácil seria volver a la orilla, que mas cerca está, y arroparse nuevamente.
    No llegará. La marea trata de frenarle. Pero la marea no le arrastra hacia la orilla nuevamente. Sigue avanzando, rodeado de luz que hiere los ojos.
    Esa luz ahora no le permite siquiera ver a quien quiere salvar. Aguanta, resiste, no te rindas. No sabe si lo grita por el o por quien este mas al fondo. No parece que vaya a llegar. Pese a todo ha recorrido la mitad del camino de agua. Se alegraría de saberlo si pudiera ver. Pero la luz, que de algún modo ha crecido para frenarlo, le ciega.
    ¿Que pasa? Algo trata de agarrarle los pies. Le rodea la pierna y tira hacia abajo. Por un minuto es sumergido. Lucha contra todo lo que le rodea. Contra la luz, contra el frío, contra lo que sea que le sumerge y contra la falta de aire.
    Consigue sacar la cabeza del agua. Ahora no tiene frío, la luz no le ciega, no tiran hacia abajo. Mira en todas direcciones, busca a quien se ahogaba. ¿Habrá muerto?
    No. Ha llegado a su objetivo. Un niño, mirando triste a dos metros enfrente suya. Una brazada mas y lo alcanzara. El niño ya no se ahoga.
    Suspira el niño. Llora el nadador. Y tiran de él hacia las profundidades. Ya no lucha, sabe que no sirve de nada en este delirio de fiebre.
    Suspira cuando ve que deja de respirar. No tiene energías para llorar. No sirve de nada derramar lagrimas en el desierto.
    Una luz que daña los ojos. Es la luz del desierto. Con esa luz se sienta a la puerta de la casa. Recuerda las ultimas horas de su compañero. Temblando de fiebre, delirando. Agarrado a la mano que le tendía. Qué soñaría...
    El sol se pone en el horizonte. La luz no duele. Tiene que darse prisa, dentro de poco empezara el frío. Un frío que se clava en el alma. Coge sus pocas pertenencias, besa en la frente al cuerpo que yace en la cama.
    Sale de la casa. Llora por primera vez. Podría desplomarse a la puerta de la casas. Pero no lo hace. Camina.
     

    Espejismos

    Detrás de esa duna, arena. Tras la arena, nada.
    Avanzar duele en este desierto, quema y mata de a poco. Las huellas en la arena son borradas por el viento para que nadie sepa que aquí caminó alguien con vida. El desierto se mete en los ojos y nubla la vista. Aun con los ojos despejados no se ve nada, no hay nada.Trepar la duna, ayudándose de las manos, sudando. Es una altura infinita por recorrer, por llegar a la cima y descender. Luego, sabe, solo habrá otra duna, arena de desierto muerta. Pero asciende. No se para, aun sabiendo que poca vida le queda. El desierto no tiene fin. El desierto, dicen, es el fin.
    Mientras avanza intenta recordar si hubo principio. Si hubo un tiempo en el que estuvo fuera de este desierto. Pero no recuerda. El sol, lejano, le impide recordar. Le golpea la cabeza, le impide pensar pasados mejores, en el presente jodido, en el futuro posible. El sol aturde y olvida y hace olvidar. El sol mata.
    El viento arrastra y hace retroceder. La arena le entra en la garganta ya seca y le impide gritar. La arena es una mordaza. Quemada por el sol, arrastrada por el viento, la arena le destroza la garganta al caminante. Tirado, su cuerpo se va quemando desde el suelo y desde el cielo. Y duele.
    Penando consigue levantarse, recorre los metros ya hechos antes de que el viento le barriese. Falta menos, pero es mucho. Llega a donde antes estuvo, respira más arena que aire, y continua. Pocos metros faltan ya. Llegando, piensa en rendirse. Morirá, sabe, y piensa en la diferencia entre morir junto al mar o morir acá, en el centro del desierto. Y cuando decide rendirse, sacando fuerzas, quizás de la propia arena, o del sol o contra él, camina y decide morir en la cima de la duna.Llega siglos después, y aunque desde allí podría ver todo el desierto, no mira y se deja morir.
    Pero quiere mirar por última vez, con esa pasión de algunos de no cerrar jamás los ojos, y ve. Agua. Al fondo, entre dos dunas, hay agua. Hay un oasis abierto al desierto que de él quiera beber. Y se sabe vivo.
    Levanta, se deja caer pendiente abajo, hundiéndose en la arena y surgiendo de ella, naciendo a cada metro que cae. Corre, y ríe. Ha vomitado toda la arena que tapaba su garganta y puede gritar. Y puede reír. Incluso el agua que beberá le da lágrimas que antes el sol había secado. Camina y corre.
    Se deja rodar por la arena, con tanto impulso que llegará hasta el centro del oasis y se hundirá en sus aguas y quedará vivo.
    Pero nunca llega.
    Queda tumbado entre dos dunas, sin saber, sin comprender. Allí solo hay arena. Demasiada. El espejismo, maldito traidor, le ha engañado. Piensa que los oasis no existen y que morirá, pero morirá entre dos dunas y allí quedará enterrado por la arena que el viento arrastra y el sol quema.
    Luego se levanta y camina. Hacia el final del desierto, que ahora debe andar más cerca.
     

     
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