Edrapecor
(Edgar Ramón Pérez Cordero)

Escritor venezolano que ha publicado varias obras en formato e-book. Se autocalifica como "escritor de novelas cortas, muy sencillas."

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    En la plenitud de los tiempos. Saba Tamac es el cacique indiscutido de los pueblos chibchas. Muy atrás quedó la época de su nombramiento, que sólo debía durar un pequeño tiempo. Pero él logró a fuerza de ruegos y promesas, cediendo en mucho y transigiendo siempre, vivir en paz. Creando el concepto de resignación entre unos y otros. Iniciando un fructífero comercio con los desconfiados timotocuicas, haciendo llegar preciados alimentos desde los fértiles valles; buscó cimentar esa unión casándose con Hialpeca, la heredera segunda de los timotocuicas. Estableció la paz con sus peligrosísimos vecinos del sur, los señores incas, siempre ambiciosos, siempre exigentes y logró un impensable; derrotar a los guerrilleros caribes.

    Logrando tomar prisionera, a la mujer más bella y perfecta, que jamás hubiese visto. A la princesa Ave Azul. Ahí nadie podría objetar sus intenciones; se enamoró de ella, entonces Saba Tamac también desposó a la princesa Ave azul. No se lo dijo a nadie, pero se vio en la necesidad de suplicar obtener el consentimiento en secreto para ese matrimonio, pues ya estaba casado con Altulay, la menor de las princesas incas, directa heredera del gran señor Manco Cápac, quien suponía no habría más enlaces entre este imaginario poderoso señor de los chibchas... Pero las cosas fuerón mejorando y hasta se escuchó decir a unos y a otros, que el gobierno de Sabac Tamac no era del todo malo y los pueblos chibchas podrían esperar vivir en paz y prosperidad. Entonces un día con un sereno suspiro Sabac Tamac se dedicó a esperar los herederos y en el ínterin fue organizando su acción de gobierno. Estructurando el comercio de Oro, controlando hasta donde podía a los Sumos Sacerdotes, a quienes les costaba disimular el odio y asco que el gran cacique les inspiraba. Planifico muy eficientemente la sagrada actividad de la agricultura, cuidándose siempre de las invitaciones de alianzas incas.

    Las lunas crecieron y menguaron, el frío vino y se fue; las cosechas dieron sus frutos y sus caciques subalternos empezaron a tener sus herederos. Saba Tamac también comenzó a recibir los suyos. Hialpeca fue pariendo una tras otra sus cuatro descendientes, las cuales llevaban la inescrutable mirada de los timotocuicas y la laboriosidad chibcha. Altulay también fue pariendo casi simultáneamente sus hijas, quienes crecían altas y estilizadas, con una afición inalterada de las costumbres incas, pasión por las matemáticas, por la medicina, por la astronomía. Y finalmente Ave Azul, a pesar de los intentos, de las horas propicias no parió, no vino varón ni hembra.

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